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Cualquiera que haya hecho un viaje largo en MTB conoce su poder adictivo. La bicicleta de montaña es probablemente el medio de locomoción que más libertad de movimientos permite. Recuerda en cierto modo al caballo que utilizaba el cowboy en las vastas praderas de Texas para arrear al ganado o al que montaban los colonos para vadear ríos y sortear montañas en busca de una vida mejor. Pero esa libertad de movimientos tiene un precio que pagan los músculos y un impuesto que abonan las inevitables lesiones. Aún así, pocas cosas hay comparables a un camino desconocido que se abre ante tu rueda delantera con el compromiso de premiarte con paisajes infinitos creados para ti solo porque hasta allí sólo puedes llegar tú y otra gente tan enganchada como tú. 
Da lo mismo que se trate del Camino de Santiago desde Roncesvalles que desde Somport, Irún o París. Poco importa que finalices el mítico y masificado itinerario en Compostela o en Finisterre. El cúmulo de sensaciones que te deparará no sólo el trayecto, sino los preparativos, el estudio de las etapas y la selección del material más idóneo es idéntico independientemente cuál haya sido el destino decidido. Sin embargo, ningún viaje es igual a otro. Veinte días rodando por los Pirineos entre Llançà, en Girona, y Hondarribia, en Guipúzcoa, poco, salvo el afán de aventura, el cansancio y la necesidad de conocer paisaje y paisanaje desde una máquina tan simple como versátil, tiene que ver con un cómodo recorrido por Holanda, país surcado por carriles bici en el que la altitud más dura no supera la protuberancia de una tachuela. Tampoco tienen muchos puntos en común los verdes Alpes, que coleccionan los picos más elevados de Europa, con La Vía de la Plata y su sucesión de sierras andaluzas y dehesas extremeñas y castellanas. O los áridos y llanos Monegros con el terrible ascenso al Veleta, en Sierra Nevada, en cuyo refugio de la Carihuela, a 3.400 metros de altitud, uno puede ver la puesta de sol más espectacular de su vida antes de lanzarse a saco hacia Las Alpujarras saludando previamente al majestuoso Mulhacén. Los Picos de Europa, el Atlas marroquí, la vertiente francesa de los Pirineos, el desierto de Atacama…cualquier lugar es bueno para llenar las alforjas con lo imprescindible y echarse al camino. Lo importante es llegar, sí. Pero la sensación de vacío que queda cuando se cumple el objetivo, sólo se llena rememorando cada una de las dificultades que ha habido que sortear, y las anécdotas, y los palizones, y las inclemencias meteorológicas, y las caídas, y los pinchazos, y los mosqueos. Ahí es donde empiezan los preparativos del siguiente viaje, ése que nos permitirá cumplir algún sueño guardado en el frigorífico del cerebro y con el que volveremos a disfrutar, pese a los sinsabores y cabreos, como si fuera la primera vez.
 El objetivo de esta página no es otro que ponerla a tu disposición para que describas tu último viaje o nos hables de tus próximos proyectos. También pretende ser un nexo entre todos aquellos que utilizan la bicicleta para desplazarse en viajes largos o en itinerarios cortos y para practicar deporte.
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