El paraíso de la bicicleta.
La imagen de Ámsterdam está firmemente unida a la bicicleta. Con menos habitantes que Berlín, proporcionalmente supera a la capital alemana en la densidad de su red de carriles bici: algo más de 400 kilómetros reservados al tránsito de alrededor de 470.000 unidades.
La bicicleta es el vehículo por antonomasia. Desde ejecutivos y ejecutivas de multinacionales en traje de faena provistos de sus correspondientes maletines, hasta catedráticos y estudiantes con los libros a cuestas, todo el mundo, llueva o nieve -algo muy frecuente-, se desplaza en este medio de transporte que se puede alquilar por toda la ciudad generalmente en buen estado y a un precio reducido. El uso de la bicicleta se ve incentivado además por la buena dotación de aparcamientos y de tiendas de reparación, situadas en las estaciones ferroviarias, en cuyos aledaños se pueden ver megaparkings específicos de varias plantas, y en zonas de gran circulación. Los descuentos al alquilar una de estas máquinas presentando un billete de tren están a la orden del día. La ciudad más bici-friendly del planeta es el santo y seña de una pasión por la bicicleta que se extiende a todo el país de los tulipanes, donde hay 15.000 kilómetros de carriles, lo que hace que dada su orografía plana se pueda recorrer de norte a sur y de este a oeste de manera cómoda y segura. Como en otras naciones de Europa, la bicicleta en Holanda no es un elemento deportivo, sino un medio de locomoción urbano e iterurbano cuya importancia e incidencia sobre la población se advierte nada más llegar. Los usuarios de las sólidas y casi siempre vetustas bicicletas hacen valer sus derechos sobre el carril-bici y no dudan en poner en un apuro al peatón –turista desacostumbrado casi siempre- que camina distraidamente por su “territorio”. El fuerte timbrazo primero y la reprimenda después, suelen ser su reacción más El fuerte timbrazo primero y la reprimenda después, suelen ser su reacción más frecuente. 
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